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Crónicas de Angola. Capitulo I: Manjuarí y los días del Bahía de Cochinos...

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Mujeres con niños en brazos; hombres con los puños en alto; lágrimas y consignas revolucionarias, fue lo que encontramos al paso por el pueblito de Minas, que nos despedía a lo largo de la calle principal. Una voz desentonada comenzó el Himno de Bayamo que culminó con todos, al dejar las últimas casa de ese pedazo de geografía camagüeyana, y sumirnos en el más absoluto silencio.
Cerca de la madrugada comenzamos, en una interminable fila, a subir por la escalerilla del “Bahía de Cochinos”(2). La maniobra fue rápida. Los cabos comenzaron a soltarse y la gran mole de hierro inició su encuentro con la historia.

La fría brisa de invierno golpeaba los rostros de todos los que permanecíamos de pie en la cubierta para ver las últimas siluetas del gran caimán antillano. Nadie se movía, y adivinar en los rostros de cada uno, lo que pensaba, resultaba tarea fácil: la casa, los seres queridos; el barrio; los amigos, y la recordación, quizás de nuestros últimos días en la patria.

Recostado en una de las barandillas de popa, analizaba la situación en que había dejado mí casa de recién casado. Francamente, el miedo a morir tan lejos me pasó por la cabeza, perro estaba allí por plena voluntad y convicción. Me vi en medio de la selva, tirado de bruces, con el vientre perforado y rodeado de animales salvajes que a dentelladas me devoraban.

Quizás fueran las dos de la madrugada cuando en pequeños grupos acudimos a los improvisados camarotes en la misma panza del “Bahía”. El sueño no llegaba, quería conversar, pero no me sentí autorizado a romper la privacidad del vecino. Días después, y ya en Luanda, todos comentamos que esa primera noche nadie durmió: estábamos en casa.

El amanecer nos sorprende con una llamada urgente del secretario del Comité UJC del regimiento, del cual yo era su primer sustituto. El ulular de las sirenas y el despliegue de tropas en cubierta nos parecía el primer síntoma de una comprobación de la preparación combativa. Lanchas rápidas y una avioneta de la armada de los Estados Unidos nos asediaban con intenciones de pocos amigos, pero, como en idénticas ocasiones posteriores, la nave jamás se detuvo, ni desvió el rumbo.

Cuando nos encaminábamos a toda prisa al salón de reuniones del capitán, la compañía de seguridad estaba lista para entrar en acciones si la situación lo requería

Ya en la gran sala estaban presentes todos los oficiales de la jefatura. Melquíades González, el comandante campesino de la Sierra Cristal, nos explicó la situación operativa: “ Sabíamos que esto sucedería. Estamos casi a la altura de Puerto Rico y allí hay enclavadas poderosas bases enemigas, recuerden, acotó Melquíades, la orden que nos dio el Comandante en Jefe: ni parar, ni virar, ni dejarnos abordar. Volar el barco si nos vemos perdidos, que no lo espero. Infundan a las tropas de ese animo y ¡listos para combatir!

Trabajamos de inmediato con los militantes partidistas y juveniles, pero no fue necesario llegar a los límites. Al cabo de varias horas, tras el cese de aquel espectáculo cirquero que en los partes militares se reconoce como provocaciones, los jóvenes se volvieron a reunir solos, sin ser convocados, para dar a la dirección de la Juventud Cubana a bordo, la única respuesta posible: ¡llegaremos!.

Los días en el Bahía de Cochino, eran normales de campaña, se iniciaban a las cinco de la madrugada con el toque de campana.

En el atlántico, los amaneceres se tornan siempre fríos y grises. Con el de pie comenzaba el rito habitual: aseo personal. Toda una odisea con las letrinas improvisadas en las barandas de estribor, que en los días de mal tiempo, y fueron varios, se tornaban dantescas para tratar de defecar. Si no te aguantabas, te caías contra las planchas de acero y si te descuidabas un tin, al mar.

El desayuno y tareas de preparación, ocupaban la mañana, mientras la tarde la consumíamos con música o películas. La noche...Para pensar, y recordar.

Pero...Para los que como yo se marearon desde el mismo cruce del Paso de los Vientos, esto se convertía en un verdadero suplicio. Caminar era dificultoso, estar acostados o ingerir alimentos, torturas.
Subir tres o cuatro veces al día a la casete del telegrafista, en el mismo Puente de Mando, era como estar en el mismo infierno; pero había que ir y grabar programas radiales para difundirlo por los altavoces, con las instrucciones del día, noticias frescas de Cuba y aprendizaje del idioma. Al terminar prefería permanecer allí y no tener que bajar los cuatro pisos.

Uno de esos días nos sorprendió el cruce del meridiano cero. Al pasar por este punto los marinos, desde épocas remotas, tienen la tradición de lanzar al agua a todos los novatos y bautizarlos con nombres de la fauna marina. A todos no se podían tirar, por lo que se utilizaron potentes mangueras con agua salada: Desde el Puente de Mando salió la mítica figura de Neptuno, Rey de los mares, que dirigía la operación. Con mí debilidad de días de vómitos, al primer manguerazo poco faltó para parar al mar. Manjuarí fue mí nombre dado por Neptuno.

Al llegar allí, prácticamente comenzábamos a bordear las costas de África e islas adyacentes con Ascençao, Sao Tome, Pagalu. Angola, estaba a las puertas luego de 16 días de travesía, entre vómitos, diarreas y fuertes mareos.

Domingo, 22 de Enero de 2006 15:49

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