Crónicas de Angola. A manera de introducción.

Muchas de las crónicas que aquí aparecen nacieron en Angola, en el fragor del cumplimiento de la misión, las otras fueron rehaciéndose en Cuba a lo largo de los últimos 30 años.
Siempre soñé con escribir sobre ello, pero nunca encontraba el tiempo o la clave mágica para poder empalmar los acontecimientos. Recuerdo y agradezco mucho las sugerencias que al respecto me hicieron el general de brigada Willian Gálvez y el investigador Froilán González: escribir, escribir y escribir.
En el año de 1994, las puertas para volver a recorrer los escenarios de la guerra de Angola se abrieron. El Ministro de las FAR, general de ejército Raúl Castro Ruz, nos invitó a mí y al equipo de la televisión, para realizar tres documentales: Neto, Tata Mucusi (1), sobre la vida y obra del creador de la República Popular de Angola, a quien conocí, otro sobre los lugares donde descansaban los restos de los cubanos caídos en esa misión y un tercero sobre los emplazamientos que ocupó el Frente Norte desde su llegada a Luanda y hasta la provincia de Uige.
Pero el destino nos jugo una mala pasada. Cuando nos habíamos terminado de preparar y profilactar médicamente y ya listos para partir el Ministro nos advirtió de cambios que se habían producido en ese país tras la firma de la “paz” entre la UNITA y el MPLA, que imposibilitaban, o según sus palabras, “aconsejaban no ir, al menos por ahora”. Ese al menos lo seguimos esperando.
De la crónicas guardo especial devoción por el combate de San Salvador y el nacimiento de mí hija, por eso acción se me otorgó la Orden al Mérito “Pedro Soto Alba”, que otorgaba el Consejo de Estado a propuesta del Buró Nacional de la UJC, y sin dudas el orgullo y la alegría de ser padre.
De mis compañeros sé muy poco, a ratos veo a William, el mexicano cuando vienen a las ferias tuneras con el “Mariachi Cuba”. A Kindelán lo perdí de vista en 1985 cuando nos encontramos en Santiago; con Valle Lazo, hoy general de brigada, lo visité en dos oportunidades; del resto nada sé.
Por su puesto que muchas cosas importantes han quedado. Esas merecen unas reflexiones independientes. De ellas se podría hablar de Radio Nacional, Las Cataratas de Braganza y de los caídos, los que permanentemente están en mí corazón; muy especialmente Willian Soler Valerino, joven combatiente bayamés de apenas 22 años, que cayó en mis brazos y de quien me tocó informar sobre su muerte a un hermano que operaba en la frontera con Zaire.

